El compromiso de escribir es de la silla que nos sostiene; de la tarde con nubarrones o fértil como una abeja reina; del teclado que debe mantener las letras en su sitio y sugerir combinaciones; y de los intestinos en constante lucha contra la astringencia de la imaginación.
El compromiso de que nos lean, en cambio, poco nos incumbe. Depende del otro, el inefable, el voluntarioso; del que destaja el coco o sorbe la granadilla, no importa. Para quedarse, basta dudar de los diccionarios.
Este sitio ha sido, desde su concepción, una obra inconclusa. No existe necesidad alguna de completarla, de darle sentido o de hacerla amigable para los intransigentes. Se puede dejar a la deriva con cualquier excusa: un amor, un viaje, una depresión, una quiebra, un nombramiento, un desalojo o, incluso, un largo y prolongado etcétera.